Nunca quedas bien con nadie - Carlos Fuentealba
Me cuentan que murió Germán Carrasco y lo primero que siento es una gran soledad. La necesidad imperiosa de ir a sus libros y encontrar allí la suavidad de su voz poética; su humor, erudición y mordacidad. La ridícula ferocidad de su crítica y el entrañable exceso de su personaje.
Entre tanto y tanto para cortar, sin embargo, me quedo pegado a un poema que escribió el día en que murió David Antin, en el que se lamenta por no haber publicado a tiempo algunas traducciones que hizo y que “le habrían sacado una sonrisa al viejo”, y quizás le habrían alargado la vida un par de horas.
Le escribo a Gerardo Jorge, su último gran editor en Buenos Aires, que está en shock. Me dice que fue un paro cardíaco. Después me cuentan que le agarró una meningitis y estuvo varios días entubado en el Hospital San José. Gerardo me revela (con alivio?) que temió que hubiese sido suicidio. No sabemos mucho qué decirnos, porque el personaje “da para una larga charla”, como dice él.
Comparto la noticia en un par de grupos dedicados a la “res pública”, pero no moviliza mucho a nadie. En el país de poetas, la muerte del que era probablemente su mejor exponente, no provoca ni comentarios. Resuena, entonces, la voz de Germán citando a Andrés Bello: “Escriba sin miedo, joven, que en Chile nadie lee”.
Eso me dijo la vez que lo conocí, hace unos quince años, allá en su casa de La Reina, donde vivía con Tiziana Panizza. Yo estaba al frente del sindicato de periodistas de Copesa y leía, demasiado a pecho, a los autores clásicos del marxismo cultural. Tenía, por tanto, confianza en que organizar un taller de poesía en un sindicato de periodistas podía tener un efecto político. Germán no compartía en absoluto esa candidez, pero la idea le pareció bien intencionada y se subió.
Lo que sucedió, por supuesto, fue que, de los periodistas de La Tercera, La Cuarta, Qué Pasa y La Hora, no fue ninguno. Terminamos copando el taller con estudiantes, beodos y bellos perdedores que llegaban, como decía Germán, con “cara de puma asustado” al taller, a los que había que levantar con una cañita de vino.
Escuchábamos las largas peroratas de Germán sobre Levertov, Antunes, Cage, Antin o Montale, y luego nos leía indistintamente a De Rokha, Lamborghini o a Pancho Ide (a quien defendió de manera inclaudicable cuando vino el tiempo de la cancelación). Era un lujo tenerlo ahí, desarrollando con intransigencia su criterio estético, que siempre consideré estoico. Lo que le pedía al verso, era lo que se exigía a sí mismo.
Al año siguiente todo cambió y no pudimos reeditar el taller. Él andaba volando muy bajo por su separación y me frecuentó bastante. No tenía un mango y se empastillaba demasiado. Yo también estaba triste, pero sentía que con sus conversaciones profundas, podía remarla para los dos. Sentía que se lo debía, sobre todo porque lo veía hacer esfuerzos sobrehumanos para juntar plata y viajar a Buenos Aires, a ver a su hijo. Traía libros de allá, elegidos por él, y me los revendía a precios ridículos. No podía ser un negocio ganar tan poco, pero él se sentía como un chasqui inca, que llevaba y traía noticias del campo literario.
Creo que ese tráfico de libros fue preponderante en mi decisión de mudarme a Buenos Aires, donde lo volví a ver, un par de años después, en la presentación de Metraje Encontrado. Leyó junto a Roberto Jacoby y Mario Montalbetti, en una fiesta muy sofisticada- con mármol y vino-, a la que asistió con un abrigo de felpa negra y se veía radiante, como todo un divo.
Al día siguiente, como si nada, me acompañó a una entrevista en una radio popular de Villa Fátima, en Soldati, donde leyó aún mejor que la noche anterior, esta vez con un incesante trasfondo de gallinas y cumbia villera.
Meses después me escribió para pedirme que lo alojara. La vida se me había puesto difícil: me había separado y viví en una pieza de dos por dos, de una casa llena de migrantes, en la que no tenía permiso para recibir invitados. Tratamos de hacerla piola y acordamos que llegara muy tarde y se fuera a primera hora. Pero era muy ciego, y una noche se cayó por la escalera despertando a medio mundo.
Andaba muy atravesado. Confundía Rivadavia con Corrientes y se ponía testarudo ante las correcciones. Provocaba malos entendidos todos los días. Poco después compartí un asado con Fabián Casas, que lo admiraba fervientemente como lector, pero lo evitaba rigurosamente como visitante. “Es la persona más hábil para generar problemas que conozco”, decía y contaba algunas anécdotas en las que había zafado de golpizas en Alemania y Estados Unidos.
A esa altura, sin embargo, Germán ya venía de vuelta. Estaba abstemio, practicaba boxeo y hacía ingentes esfuerzos por contenerse a sí mismo. Afeitado y de traje, parecía un evangélico. Hablaba cada vez con mayor soltura de su corazón mistraliano: encontraba a Dios subiendo montañas y observando a los niños provincianos.
Organizó, meses después, una lectura junto a Gerardo Jorge en La Casa en el Árbol, una noche en que el cielo se caía a pedazos. Obviamente no llegó casi nadie, pero no se deprimió. Nos fuimos a comer una pizza y nos quedamos hasta tarde hablando sobre la paternidad y los cuidados. Me pedía, insistentemente, que cuidara mi trabajo y a mi pareja, porque todo siempre se podía ir a la cresta.
Luego vino el estallido en Chile y se fue todo a la cresta. Supe menos de él. Solo lo que publicaba en sus redes: se comprometió bastante con la protesta callejera y puso el cuerpo en la primera línea contra Piñera. Y aunque estaba muy prevenido por los noventa, se ilusionó, como todos, con que Chile podía cambiar.
Hablábamos por Facebook, que era la única red que manejaba. Le conté que por esos días, de plena movilización, había agonizado y muerto la tigresa del Zoológico del Cerro San Cristóbal y que mi hermana había acompañado todo ese proceso. Le interesó mucho la historia y me pidió el contacto de mi hermana para intentar saber más del tema. Quería escribir sobre eso, pero lamentablemente demostró tener el tacto de un elefante para acercarse a un tema delicado (¡Se había muerto una tigresa a metros de un estallido revolucionario!). Hasta ahora me da risa imaginarme a mi hermana mandándolo a la chucha.
Recuerdo con mucho cariño una noche de pandemia en que cerró una lectura por Zoom, junto a Juan Diego Incardona, con un poema estoico, en el que “bajaba línea” como si se tratara del mismísimo Ho Chi Min. “No nos podemos dar el lujo de caer a un hospital”, decía. En su cabeza se prolongaba la lucha social que había interrumpido el virus. Creo que fue una de las últimas veces que interactuamos con la habitual fraternidad.
Me costó seguirle la onda después de eso. Encadené varias conversaciones con escritores que no tenían una buena opinión sobre él. Personas a los que tenía en alta estima, que me contaban cosas feas, totalmente creíbles para quien lo conocemos. Zambra era una excepción rara: no hablaba mal de Germán, pero se le notaba el esfuerzo. Luego publicó “Poeta Chileno” y se soltó en clave ficcional, con personajes en los que yo reconocí a mi amigo, con un poco de pena.
En público siempre lo defendí, pero empecé a ponderar esos otros ojos con que lo veía tanta gente. Un tipo “contradictorio” y muy difícil, decían todos. Y me alejé, un poco inconscientemente, para no confrontarlo.
Lo seguí leyendo siempre. En el último tiempo, me pareció que Germán estaba especialmente enojado con el ámbito cultural chileno. Lo había ilusionado que a Boric le gustara la poesía y fuese a la presentación de uno de sus libros. En algún momento creyó que lo iban a nombrar “Embajador cultural en Buenos Aires”, lo que le permitiría ver a su hijo Félix y reivindicarse un poco con la madre, la poeta Cecilia Pavón.
Pero Germán era como uno de esos poetas populares a los que cantó Neruda en su oda: “pobres entre los pobres” que “sostuvieron sobre sus canciones la sonrisa y criticaron con sorna a los explotadores”. ¡Cómo lo iban a nombrar entonces! Tendría que haber nacido de nuevo, en Providencia o Viña del Mar, y no en Independencia donde anoche lo estuvieron velando. Tendría que no haber sido Germán, un Jorge González de la poesía que, por denunciar a quienes “pretenden pelear y solo son una mierda buena onda”, se transformó en un tipo cáustico. Uno que nunca quedaba bien con nadie. Supongo que las anécdotas, en ese sentido, aflorarán por montón ahora.
Yo me quedo con las palabras de mi amigo, Roberto Nieri, que experimentó algo similar con él: “Aprendimos con el mejor y el peor a la vez”.
Porque el que se fue es un verdadero monstruo de la poesía nacional, al que admiramos y temimos. Un monstruo de la poesía, al que hay que ir con urgencia y volver con insistencia. Uno al que, no tengan dudas, leerán los adolescentes durante sus cimarras en el Parque Forestal y los amantes en sus escapadas a la cordillera. Un monstruo de la poesía, al que quiero y quise mucho… por rebelde e irreductible. Por haber roncado fuerte contra todo olvido.
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